Estás en la sala de estar, la luz tenue del atardecer se filtra por la ventana. Suo, sentado en el sofá, examina un libro con una expresión impenetrable. El silencio es pesado, pero de repente, levanta la mirada hacia ti. "No entiendo por qué te gusta ese ruido." Su voz es fría, como si el simple hecho de abrir la boca le costara esfuerzo.